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LUIS DURAND (Traiguén 1895 - Santiago de Chile, 1954) Cursó sus primeros años de escuela en su ciudad natal. Posteriormente se traslada al Instituto Nacional de Santiago de Chile, desde donde se retira para ingresar, un par de años después, a una escuela agrícola. Por motivos de salud no logra terminar su carrera y se dedica a administrar fundos de la zona. Trabaja también como tenedor de libros y profesor de escuela. Se puede decir que vivió gran parte de su vida en el campo chileno, lo que explica su gran conocimiento de los ámbitos rurales, manifestado en su creación literaria.
En 1920 ingresa a la Dirección General de Correos. Años más tarde trabaja en la Secretaría de la Presidencia de la República durante el gobierno de Arturo Alessandri.
Desde 1920 comienzan a conocerse sus primeros cuentos, publicados en las revistas Zigzag y Lectura Selecta. A la vez colabora con El Diario Ilustrado, El Mercurio, y Las Últimas Noticias. Además se desempeñó por algún tiempo como director de la revista Atenea de la Universidad de Concepción.
Novelista, cuentista y ensayista, perteneció a la generación de los criollistas. Su característica preponderante fue la humanidad que imprimió a sus personajes, lo que le aleja de la descripción monótona del paisaje que era característica de sus coetáneos. Con unas cuantas pinceladas magistrales anima a sus personajes con una autenticidad poco común. Ahí quienes dicen que su pluma navega entre un criollismo matizado y un naturalismo mundonovista e idealizado que hacen de su escritura un conjunto espontáneo y fresco. Publicó cuatro novelas, pero es en el cuento donde logra sus mejores éxitos.
Hombre fornido, jocundo, amigo de sus amigos e impenitente narrador de chascarros, pleno de una exhuberante vitalidad, convirtió al trabajo literario en su sentido de vida.
Fue Presidente del Sindicato de Escritores de Chile y del Pen Club.
En 1946 fue elegido Hijo Ilustre de Traiguén, su pueblo natal.
A pesar de su prestigio y calidad narrativa no logró obtener el Premio Nacional de Literatura.

OBRAS PUBLICADAS:

Mal de Amor, novela corta, 1927.
Tierra de Pellines, cuentos,1929.
Campesinos, cuentos, 1932.
Cielos del Sur, novela corta y cuentos, 1933.
Piedra que rueda, novela corta, 1934.
Mercedes Urízar, novela, 1934.
El primer hijo, 1936.
Visión de Sarmiento, ensayo, 1938.
Mi amigo Pidén y otros relatos, cuentos, 1939.
Presencia de Chile, ensayo, 1942.
Casa de la Infancia, cuentos, 1945.
La noche en el camino, novela,1945.
Alma y Cuerpo de Chile, ensayo, 1947.
Frontera, novela, 1949.
Siete cuentos, 1950.
Don Arturo, ensayo, 1952.
Paisaje y gente de Chile, ensayo, 1953.
Un amor, novela póstuma,1957.
 
 

SELECCIÓN
 

CUESTA ARRIBA

Eran dos. Pequeño, enteco, la mirada aviesa y desconfiada, el uno; alto, la frente amplia, el gesto desdeñosos y la mirada dura, dominante, el otro. Dos hombres exhaustos, dos hombres sedientos, que se deslizaban lentamente, tal dos gusanos sobre una piedra, a través de los agrios repechos cordilleranos, cubiertos de michayes, quiscos y pequeños troncos envejecidos, donde el quintral ponía la roja mancha de las flores.

Hacía dos días que caminaban cerro arriba, internándose entre las ásperas gargantas de la serranía. Les empujaba el miedo a la justicia y también, un poco, el fantasma de sus recientes víctimas. Acababan de dar un golpe de mano en uno de los fundos del valle. Su instinto de fieras guió el arma homicida, para sembrar el terror, la muerte y la desolación en aquella casa donde momentos antes, sus moradores se entregaban confiados al reposo, envueltos en la noche campesina.

Un anciano y un muchacho quedaron durmiendo para siempre. Afuera, los perros, poco antes, se revolcaron dolorosamente retorcidos por el veneno traidor que les flageló las entrañas. . Los gritos de las mujeres y de los niños desgarraron la noche con alaridos traspasados de terror, que las culatas de los chocos y las roncas voces anhelantes acallaron, trocándolos en angustiado gemir.

--¿La plata, la plata! ¿Dónde la tienen? --inquirían las palabras ásperas, imperativas, crueles, desnudas de emoción.

Eran unos seiscientos pesos toda la mísera fortunita de aquellos pobres campesinos, conquistada penosamente a fuerza de amasar día a día los terrones. De levantarse al alba y darle al hacha, al arado, a la hoz, según fuera la época. Cobre a cobre, peso a peso se juntaron aquellos billetitos, que el viejo y su hijo solían contar por las noches a la luz de la vela, sobándolos amorosamente.

--Con un poco más --decía el viejo-- compraremos la yunta de Solimanes.

--¿Ay! --suspiraba el mozo--, ¿y no alcanzará pa comprarle la potranca rosilla mora a on Bastías?

Y de súbito, los dos bandidos llegaron, como la peste, como el rayo o la fatalidad que todo lo arrasa. Allí se hundieron los ilusionados proyectos de aquellos campesinos, que no tenían otra aspiración que alcanzar un mínimo de bienestar en su dura vida del campo.

Eran dos. "El Champa" y el "Manzanas Agrias". Vagabundos y ladrones, sus existencias se deslizaron siempre a la sombra de los montes y de la noche. Merodeando por los caminos, acechando los corrales y los gallineros. Y alguna que otra vez, más audaces, se atrevían con los caballos, que iban a vender a las ferias de los pueblos distantes. Era este golpe sus estreno en el crimen, la culminación de su carrera en el delito. La fantasía de las gentes les hizo creer que el viejo Saavedra había acumulado una fortuna enorme, y he aquí que, en realidad, apenas llegaba a unos cuantos cientos de pesos, que el viejo y su hijo defendieron rabiosamente.

Pensaban trasponer el límite con Argentina: cruzar la raya, como ellos decían. Antes, en el monte, contaron los billetes, uno a uno, con cuidado extremo. Ambos, con el choco al lado, se miraban a ratos con los ojos encendidos de inquieta codicia. Las manos nervudas y enjutas, como garras felinas, estiraban los billetes sobre una piedra. A veces un rumor les hacía levantar la cabeza. Con los rostros hieráticos, los labios entreabiertos y el oído atento se quedaba escuchando. Al fin la cuenta concluyó:

--Son seiscientos setenta y ocho pesos cabales --dijo el "Manzanas Agrias".

--Mm.... --hizo "El Champa", con los labios apretados, mirando fijamente a su compañero de delito.

El "Manzanas Agrias" era alto, dominador.

--Güeno --dijo --; yo te di la nombrá. Toma trescientos. Lo demás...pa mí --terminó resuelto.

El otro era bajo, magro, desconfiado. Instintiva su mano se aferró al choco. Ardieron un instante sus pupilas.

--Tá bien --dijo, sepultando en el silencio el odio que en ese instante surgía en él hacia su compañero.

Con el oído atento durmieron esa noche. Recelaban, más que todo, el uno del otro. El odio y la desconfianza se retorcían en ellos como una sierpe. Al alba, tras una roca, prendieron fuego y en seguida con piedras calentadas al rojo, que echaron en un jarro de latón, hicieron hervir el agua. De su bolsa extrajeron un pedazo de pan que se comieron ávidamente para seguir después de un breve reposos otra vez hacia arriba, hacia "la raya", que una vez traspuesta les pondría a cubierto de todo peligro.

Al principio la jornada fue fácil, casi liviana, pero ya al segundo día, la falta de vegetación y de agua, como asimismo el rayo implacable del sol, que no les daba tregua, trocó su ánimo en sufrimiento. "El Champa" avanzaba como un gato, pegado a las rocas, tal si tratara de buscarle declive a la escarpa. El "Manzanas Agrias", con la frente contraída, sudorosa, embestía derechamente al cerro, cuyos senderos cubiertos de piedras filudas se iban estrechando. El paisaje era mas hosco; los arbustos raquíticos, erizados, hostiles, se abrazaban a las piedras plomizas. Era el mediodía, y a ratos los flancos adustos reverberaban bajo la rabiosa luz. Un enorme anfiteatro de cerros encerraba hondos y enormes precipicios. Atrás, lejanamente, un retazo verde de valle se juntaba en el horizonte con el cielo azul. Un camino blanco se estiraba a través de los primeros lomajes. "El Champa" salió de su mutismo:

--Catea, "Manzanas", los traen cortitos. Catea, di aquellos cerros, al lao di abajo. Vienen dos: son pacos...

El nombrado se detuvo para respirar con fuerza y estrujarse la frente con el mísero poncho.

--Contra na vienen --exclamó desdeñoso --; p'acá las bestias no son capaces.

Una inquietud letal inmovilizaba la atmósfera: ni un rumor estremecía el cristal inmóvil que era el silencio. "El Champa" se aparragaba cada vez más, en tanto el otro caminaba con los ojos muy abiertos, tal si lo deslumbrara el ámbito. Marchaban jadeantes y anhelosos. Y los macizos se erguían implacables, sucediéndose unos tras otros, desolados y adustos como una esfinge. A ratos, érales preciso afirmarse en el flanco del cerro, pues el sendero se estrechaba en tal forma, que era apenas una huella. Las espinas les flagelaban la carnes, y la altura, a la cual no estaban acostumbrados, les estrangulaba. Abismos, erizados de piedras, les enviaban un vértigo espejeante, mientras abajo la arena simulaba torrentes azules o verde claro, que les torturaban avivando su sed.

Al tercer día "El Champa" iba como un fantasma. Encogido, pálido, con la cara baja y el mentón afirmado en el pecho. El otro, a ratos, daba la impresión de un ebrio, que se tambaleaba peligrosamente, recobrando el equilibrio en el momento preciso que determinaría su caída. De súbito, en un brusco movimiento, el choco que llevaba terciado al hombro se le resbaló. Quiso sujetarlo, pero su brazo cansado no tuvo la agilidad necesaria, y éste, de piedra en piedra, fue saltando hasta llegar al fondo. El golpeteo de su caída tenía allí una resonancia extraordinaria.

"El Champa" le miró, y bajo las mechas húmedas que le cubrían la frente, una mueca que quiso ser sonrisa le contrajo el rostro. La lumbre maligna de una mirada cruel le aclaró fugazmente los ojos. Los dos tenían sed, una sed horrible que les quitaba la respiración. En Vano trataban de humedecerse los labios con la lengua, pues ésta, reseca y áspera, como si se les hubiera acortado, era un terrón que no se podía tragar.

Estaban ahora en una ancha garganta de cerros, separada por un hondo abismo. El sol caía a plomo sobre ellos. Afiebrados y visionarios, oían a ratos el murmullo fresco de un torrente, que jamás encontraban, hasta que repentinamente "El Champa" se enderezó rabiosamente, feroz, las manos empuñadas, los ojos extraviados:

--¿Tamos pa nunca! --vociferó ronco--. ¿Y vos tenís toa la culpa, "Manzanas"!

La sed le estranguló la voz. Intentó escupir, pero le fue imposible: sus ojos se habían inyectado de sangre y su boca se abría y se cerraba en un ansia terrible y dolorosa. El otro, atontado, con una expresión alucinada en el rostro, no supo qué responder. Hasta que al fin articuló:

--La raya ha de estar cerca. Ya queda poco. Hagámosle empeño no má, ho...

Mas "El Champa" , presa de súbita locura, brincó gruñendo como un puma herido en una pata. Fuera de sí volvióse a su compañero para aullarle:

--¿La raya, la raya! La culpa la tenís vos, no más. Por causa tuya, ladrón, tamos amolaos. Contimás que te quedaste con los más del bolaco.

El "Manzanas Agrias" había perdido su arrogancia. Su actitud desdeñosa y dominadora desaparecía ante la tortura física que le abatía. Tuvo un gesto cansado y fatal.

--¡Chas! Y di ahí si no eras hombre, pa qué te metiste...

Fuera de sí, bramó "El Champa":

--¿Qué no soy hombre? ¡Afírmate!

Como una huiña que extiende sus garras al dar el zarpazo, se le fue encima. En la luz de la cumbre, el corvo tuvo un destello enceguecedor. El "Manzanas Agrias" se recobró un instante para sacarse el poncho que enrolló en el brazo a tiempo de tirar el puñal de la faja. Pero no pudo, pues "El Champa", con un certero golpe a fondo, le había hundido ya el arma en pleno vientre.

Un chorro de sangre encendida brotó al mismo tiempo que un gemido de la víctima. Con las manos sobre la herida, como un ebrio, se tambaleó intensamente pálido. Se fue a doblar buscando la tierra, madre siempre perdonadora, pero un espanto indecible le agrandó las pupilas, pues sólo el abismo se abría a sus pies. Trató de evadirlo, mas todo fue inútil. Con los brazos en alto , retorcido en una voltereta trágica, su cuerpo se fue al precipicio, golpeándose de piedra en piedra, como antes cayera el choco.

Un silencio enorme gravitó entonces sobre "El Champa". Era tan terrible como si todo el universo se apoyara en sus hombros. Un alarido de fiera, un grito de animal acorralado salió de sus labios. Con la razón perdida, siguió corriendo veloz, buscando el torrente cuyo rumor resonaba en sus oídos. Pero fue sólo un corto trecho. Jadeando, con las pupilas dilatadas, cayó sobre el camino, como una masa rendida que aún palpitaba lentamente.

Eran dos. Uno yacía en el fondo del precipicio, el otro estertoraba lentamente sobre el camino que se extendía inexorable. Cuesta arriba.
 


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