jobet

JORGE JOBET  (Perquenco, 1916) Se le ha considerado como un poeta eminentemente sureño, dado a que la influencia del medio natural y agreste está presente en casi toda la extensión de su obra. En sus textos, hace surgir los elementos campesinos, rurales y montañeses con la misma naturalidad con que vive la naturaleza: pajarería y flores silvestres, bosques y enredaderas, lluvias inolvidables, ecos perdidos y, sobre todo, ese aire constantemente verde con olor a hojarasca y a madera (Francisco Santana: Evolución de la Poesía Chilena)
Se dice que sus libros son distintos a los de sus coetáneos. Al decir de Fernando Alegría: Son libros que no se parecen a nada entre nosotros, porque en ellos Jobet se expresa substancialmente en un mundo poético que estaba hecho para la adjetivación y la imagen.

OBRAS PUBLICADAS:

SELECCIÓN






EL AHOGADO

Nos gusta el aguacero con húmedos sonidos,
su olor de selva pura, su color arrugado,
su fuerza seductora sobre el hogar del hombre,
la guerra contra el indio con su ancestro empalado.

El agua nos obliga con su ley perentoria
a remachar un techo para salvar el alma,
compartir nuestro cuarto con llamas de tizones
y más de algún recuerdo que se nos va llorando.

Su tambor de vacuno nos golpea el pecho,
titánico y heroico como soldado en ascuas,
capitán con sus hordas de un cielo enfurecido,
hacha que nos cercena las piernas y las manos.

Al agua descendemos de nuestra altura rota,
al río de la sangre con los cuerpos atados,
mi brazo en tu cintura con fluviales palomas,
tu frente con las gotas de un sufrimiento amargo.

Nos gusta el aguacero cuando todos se mojan,
plantados en la tierra como pobres estacas,
indefensos al frente de un enemigo obscuro,
tiritando de miedo cuando caen los clavos.

Mi cáscara se acerca como una nave ciega
a la tuya que arrastra la lluvia de metales.
Tiéndeme es este invierno tu puente de dulzura.
Sálvame con tu soga de sal a mi costado.
 

LA ÚLTIMA COPA

Pido una copa y bebo sin demostrar angustia,
correctamente sobrio con mi corbata inglesa,
les escribí unas cartas a catorce chilenos,
cuando me las contesten no tendrán respuesta.

En todo caso quiero testimoniar que el agua
no contagia mi vino con sus cepas francesas
mejoradas en Chile con salitre del norte
y en cama varios años con su mejor madera.

Es otro invierno largo, desolado y tortuoso,
cerrando sus cortinas de Santiago el comercio,
paraguas con sus botas protegiendo a u viandante,
lo miro por cristales chorreados por la muerte.

No permito que nadie venga a llorar mi drama,
me ensucie la camisa que me lavé a las nueve,
sólo con mis fantasmas intercambio opiniones,
estoy frente a mi copa dispuesto a defenderla.

Hay otros parroquianos que han pasado a servirse
su vino de las tardes después de los entierros,
botellas cuyo fondo tiene sabor a borra,
también a unos cruceros por mares del Oriente.

Recuerdo que Vicario llegaba con cenizas
y gustaba su vino zumbante con abejas,
sacaba del abrigo con manchones la hojas
y suavemente abría su corazón de greda.

En este mismo sitio me hablaba Nicomedes
de sus grandes proyectos de novelar la tierra,
ponerle con sus ojos de chino en la penumbra
la más hermosa estatua con barro de su pueblo.

Otras veces el vino prendía los cañones
que Teófilo entregaba con soberbio desprecio,
la poesía en armas con su lluvia distante,
eran las dos en punto de una noche en tinieblas.

Me repito la copa de vinagre en Santiago,
en mi mesa la ausencia de González Zenteno.
Pago lo consumido y agrego la propina
Que todos mis amigos me traen mientras llueve.


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